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domingo, 8 de diciembre de 2013

Mi pequeña psicología de la muerte

Esta entrada tiene poco que ver con neurociencia. Si la acomodamos un poco, quizás tenga que ver más con psicología…con psicología de la vida o, para ser más exactos, de la muerte: mi pequeña psicología de la muerte.

En verdad no la conocía. Era una tristeza imaginada lo que pensaba que sentía cuando escuchaba que alguien moría. No era que fingiera o no sintiera el dolor de otro, sino que jamás se me ocurrió pensar que algún día me pasaría a mí. Apenas la veo, pero mis ojos no dan crédito a su rostro. Tan sólo la siento, pero la sensación que produce no la logro cuadrar con cualquier otra experiencia previa. Lo cierto es que para mí nació y está viva…la señora muerte. Por qué ahora, por qué así, por qué, por qué. No hay otra pregunta que describa su presencia. ¡Pero cómo pesa! Y eso que ya pasó por aquí...pero su estela queda indeleble y profunda en la memoria de los que la vimos pasar.

Ahora sé que existe, que es real, aunque aún no lo pueda creer. Lo cierto es que partió mi vida en dos y redujo de manera dramática mis problemas: es increíble cuántas cosas me dejaron de importar, cuánto resaltó cosas que creía tan simples y cómo se hicieron instantáneamente realidad otras que creía verdaderamente imposibles…como el perdón. De repente, también, se agolpan todos los recuerdos, todas las imágenes, todos los momentos…¡Qué compleja es la muerte!

La única respuesta a esa presencia, por ahora, parece ser resignación: seguirle la corriente a la situación, aunque uno se sienta como en un sueño (pesadilla), aunque todo sea tan irreal. Y aunque afuera nada ha cambiado, ya todo es tan distinto. ¡Cuánto hubiera querido que esto jamás hubiera pasado! Sigue soñando, sigue soñando…y tú, descansa en paz.

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