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sábado, 13 de abril de 2013

¿Cómo responde el cerebro de personas muy agresivas ante una cara de enojo?

¿Alguna vez te has preguntado cómo responde el cerebro de personas muy agresivas ante una cara que refleje algo así como "te vas a arrepentir de haberme conocido"? Pues en 2007, Emil F. Coccaro, Michael S. McCloskey, Daniel A. Fitzgerald y K. Luan Phan se preguntaron más o menos lo mismo y publicaron un estudio acerca de la reactividad de la amígdala y de la corteza orbitofrontal ante estímulos que implican amenaza social en 10 sujetos con agresión impulsiva. Veamos en qué consistió su estudio.

Introducción
Comienzan Coccaro et al. justificando su estudio porque hay escasez en la información acerca de la neuroanatomía funcional del trastorno explosivo intermitente, en parte porque el trastorno es relativamente muy poco estudiado en la investigación con imágenes cerebrales y también porque existen pocos métodos ecológicamente válidos para examinar la integridad funcional de los circuitos cerebrales relevantes para la agresión.

Objetivo
En su estudio, entonces, Coccaro et al. emplearon resonancia magnética funcional (RMf) y una tarea validada de procesamiento de emociones faciales, conocida por permitir estudiar de manera confiable el funcionamiento de la amígdala y la corteza prefrontal, con el fin de comparar las respuestas cerebrales entre sujetos con trastorno explosivo intermitente (TEI) y controles sanos.

Método
En este estudio participaron 10 sujetos con TEI y 10 controles sanos. Los estímulos utilizados en la tarea de procesamiento emocional comprendieron fotografías en blanco y negro de expresiones faciales humanas tomadas del conjunto de Ekman y Friesen, mientras los sujetos eran escaneados con RMf. 

A los participantes se les presentaron las fotos en bloques de 20 segundos. Cada bloque consistió en la presentación de 10 ensayos consecutivos de un tipo específico de emoción (enojo, asco, miedo, alegría, neutral, tristeza y sorpresa), cada rostro presentado por dos segundos. Se empleó una tarea de identificación de género (procesamiento implícito de emoción), en donde a los sujetos se les pidió identificar el género (masculino o femenino) del rostro presentado. Fuera del escáner, después, todos los sujetos llevaron a cabo una tarea de reconocimiento de expresiones emocionales (procesamiento explícito de la emoción). 

Coccaro et al. compararon la reactividad de la amígdala y la corteza orbitofrontal (COF) ante tales rostros. Adicionalmente, estudiaron la relación entre el grado de activación de tales regiones y la historia previa de comportamiento agresivo (medida a través de distintos cuestionarios).

Resultados
No hubo diferencias significativas entre grupos en cuanto a la exactitud en el reconocimiento de las emociones.

Tal como lo predijeron, hubo una interacción significativa grupo x expresión en la amígdala izquierda y en la COF [o sea, que los resultados variaron para la "expresión" emocional dependiendo del "grupo" de pacientes o sujetos (ver a continuación)]: 
  • Los participantes con TEI mostraron mayor activación de la amígdala izquierda en respuesta a rostros de enojo en comparación con los controles sanos. De manera interesante [esta respuesta fue selectiva para esa emoción, pues], no hubo diferencias significativas en la activación de la amígdala ante otras expresiones emocionales.
  • En respuesta a rostros enojados (pero no a otras expresiones emocionalmente negativas), la activación de la COF fue mayor en los sujetos control sanos, en comparación con los sujetos con TEI. Adicionalmente, la respuesta en la COF a rostros felices también fue mayor en los controles que en los sujetos con el trastorno.

Tal como lo esperaron, Coccaro et al. observaron interacciones diferenciales (o apareamiento funcional) entre la amígdala y la COF dentro de los grupos de TEI y los controles sanos:
  • En el grupo de controles sanos se encontró una correlación negativa entre los cambios en la señal BOLD [cambio en el nivel de oxigenación de la sangre que mide la RMf] en la amígdala izquierda y aquellos de la COF.
  • En el grupo de sujetos con TEI no se observó ninguna correlación (ni negativa ni positiva) entre la señal en la amígdala y en la COF (aun cuando se bajó el umbral de significación estadística).

Finalmente, con el fin de explorar la relación cerebro-conducta entre la activación de la amígdala en respuesta a los rostros enojados y el grado de historia de comportamiento agresivo, Coccaro et al. obtuvieron el coeficiente de correlación de Pearson para la relación entre la respuesta BOLD y los puntajes de la sub-escala de agresión de la Escala de Historia de Vida de la Agresión. Justo como lo predijeron, observaron una correlación positiva entre ambas variables (r = .546, p < .02) [o sea, que a mayor historia de agresión, mayor activación de la amígdala ante rostros enojados].

Discusión
Según los autores, este podría ser el primer estudio con RMf en examinar la activación cerebral, específicamente el funcionamiento amígdala-COF, durante el procesamiento de información emocional en pacientes con TEI con extensa historia de agresión reactiva o impulsiva.

Coccaro et al. afirman que con este estudio demostraron un posible vínculo entre la disfunción de la relación amígdala-COF y la agresión impulsiva en el TEI en tres niveles de evidencia:

1- Reactividad exagerada de la amígdala y reactividad disminuida de la COF hacia rostros que expresan amenaza directa (rabia) en sujetos con TEI en relación a controles.
2- Ausencia de conectividad funcional entre la amígdala y la COF durante la tarea de procesamiento de rostros en sujetos con TEI, pero una interacción recíproca (inversa) significativa entre la amígdala y la COF en controles; y
3- Correlación positiva directa entre la reactividad de la amígdala a rostros enojados y el grado de comportamiento agresivo previo.

Añaden Coccaro et al. que sus resultados muestran que aun en ausencia de diferencias entre grupos en el desempeño en percepción de emociones (p. ej., exactitud en el reconocimiento de expresiones), pueden detectarse diferencias en regiones cerebrales discretas en respuesta a ciertas emociones.

El hallazgo de que la COF es "hipo-respondedora" a rostros enojados en sujetos con TEI sugiere que el hipofuncionamiento de la COF puede ser un mecanismo común que subyace a la fisiopatología del comportamiento agresivo en general (p. ej., tanto formas impulsivas como premeditadas).

Finalmente, los autores señalan una limitación de su estudio, y es que, aunque usaron una tarea de procesamiento socio-emocional válida y estudiada, no examinaron las respuestas cerebrales bajo la evocación directa de ira o comportamiento agresivo. Por eso, sugieren que estudios futuros utilicen medidas que sí lo permitan.

Coccaro E. F., McCloskey M.S., Fitzgerald D.A., Phan, K.L. (2007). Amygdala and Orbitofrontal Reactivity to Social Threat in Individuals with Impulsive Aggression. Biological Psychiatry, 62 (2). pp. 168-178.


Comentario
Bien, esta fue la presentación del artículo de hoy. Como nos mostraron Coccaro et al., las personas con una larga historia de comportamientos agresivos tienden a activar mucho más la amígdala ante estímulos amenazantes que personas sin esa historia. ¿Causa o consecuencia? No lo sabemos a partir de este estudio; este tipo de evidencia está sólo en el nivel de la correlación.

Otro hallazgo importante de este estudio, fue que en sujetos con trastorno explosivo intermitente -quienes se caracterizan por un alto grado de agresión impulsiva o reactiva- se presentó una activación aumentada en la amígdala pero disminuida en la corteza orbitofrontal, ante rostros que expresaban ira o enojo. Según los investigadores, un "hipofuncionamiento" de la corteza orbitofrontal podría subyacer los comportamientos agresivos en general (tanto impulsivos como instrumentales).

El tercer mensaje principal de este estudio es que los sujetos con trastorno explosivo intermitente muestran menor conectividad funcional entre la amígdala y la corteza orbitofrontal que los sujetos sanos sin el trastorno. En otras palabras, por alguna razón dichas áreas no trabajan coordinadamente en personas que manifiestan un alto grado de agresión impulsiva.

¿Son estos hallazgos cerebrales causa o consecuencia del trastorno? La respuesta de la amígdala en sujetos con este trastorno, ¿es modulada por la razón cortisol/testosterona? ¿Es la hipoactividad de la corteza orbitofrontal lo que impide la regulación de la amígdala o es un elemento tercero que comunica a ambas áreas lo que no la permite? Por otro lado, estar expuesto constantemente a claves sociales amenazantes, ¿aumenta o disminuye el nivel basal de activación de la amígdala? En fin, ¡muchas preguntas nos quedan aún y muchas propuestas de investigación por hacer!


¿Más ideas, preguntas o comentarios? ¿Qué tal si los das a conocer?

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